Matar a un ruiseñor es una película estrenada en 1962 por Robert Mulligan. Al año siguiente, en la ceremonia de los Óscars, ganó tres premios entre los que encontramos al mejor actor (Gregory Peck), guión adaptado y dirección artística en blanco y negro. Además, estuvo nominada a otras cinco categorías: mejor película, director, actriz de reparto (Mary Badham), fotografía y banda sonora.
El guión se basó en una novela controvertida que ganó el premio Pulitzer en 1960, una novela del mismo título que la película y escrita por Harper Lee. La novela fue todo un éxito en cuanto salió a la venta y se volvió en un icono de la literatura moderna estadounidense. Alan Pakula, el productor, compró los derechos del libro en cuanto vio las posibilidades cinematográficas que tenía y la verdad, hizo estupendamente, no sólo por haber sido uno de los precursores de esta obra maestra, sino porque Lee quedó encantada con todo lo que se iba a mostrar en pantalla. Estaba tan emocionada, que se hizo íntima amiga de Gregory Peck, al que le regaló un antiguo reloj que le había pertenecido a su padre. Gregory Peck mostró su agradecimiento llevando dicho reloj a la ceremonia de los Óscars.
Matar un ruiseñor se divide en tres actos. En primer lugar, el director Robert Mulligan nos cuenta la historia de tres niños y sus travesuras en la sureña ciudad ficticia de Maycomb. Ellos son Scout (Mary Badham), Jem (Phillip Alford) y Dill (John Megna). Scout y Jem son los hijos de Atticus Finch (Gregory Peck), un padre viudo que educa a su familia bajo la convicción de que todos los seres humanos son iguales, enseñándoles que lo que debe regir sus vidas es la justicia, el respeto y la igualdad. Scout es la encargada de contarnos la historia desde su propia visión, ya que es la narradora y la voz en off.

La segunda parte, la más intensa y el nudo de la historia, trata sobre cómo una mujer blanca acusa a Tom Robinson (Brock Peters), un hombre de color, sin ninguna prueba, diciendo que la ha violado y pegado. En una sociedad como la sureña, en donde se produce la acción, nadie quiere aceptar el caso de Tom aunque sea más que evidente su inocencia. Será Atticus Finch quien se encargue de su defensa, en un juicio en el que intentará convencer a un jurado de lo evidente, para que dejen de lado los prejuicios.
La tercera parte trata sobre la relación de los niños con su intrigante vecino, mostrándonos una metáfora preciosa sobre lo que sería matar a un ruiseñor: sería un acto cruel matar a un pajarillo que tan sólo canta y no hace daño. Sin embargo, el núcleo de la historia sigue siendo el juicio y sus consecuencias.
Gregory Peck hace un retrato impresionante de Atticus, un humilde abogado que, al aceptar el caso de Tom, comienza a ver lo cruel que es la sociedad con un “amante de los negros”. Intentando que sus hijos sigan siendo respetuosos aunque estén sufriendo el odio racial del pueblo, Atticus tendrá que vérselas al mismo tiempo con un jurado plagado de prejuicios. Aunque no sólo eso, sino que pone en evidencia a la acusadora y de toda una sociedad que simplemente porque una analfabeta blanca diga que un negro la ha violado, eso lo convierte en verdadero al instante.

Como curiosidad, podemos ver al final a Robert Duvall antes de ser una estrella, haciendo de Boo Radley, un pequeño papel como vecino de Atticus y los niños, pero de gran importancia. Boo es quien colma de regalos a Jem y a Scout, haciéndose amigo de ellos sin que le hayan visto nunca.
Matar a un ruiseñor es una de esas películas casi de autor, una película simple pero que llega al corazón sin optar por la lágrima fácil como se hace en muchas películas desde hace décadas. La historia es simplemente genial, pero si eso no estuviese acompañado de unas actuaciones soberbias tanto de los niños como de los adultos, de la fotografía y de la banda sonora perfectas, seguramente no habríamos asistido a la creación de esta obra maestra del cine clásico.
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Autor: Naír el Lunes 25 Mayo, 2009
