La historia comienza en una iglesia católica de Nueva York. Vemos al padre Flynn (Philip Seymour Hoffman) oficiar la homilía mientras la hermana Beauvier (Meryl Streep) pone orden entre los niños asistentes a la misa. Una escena excelentemente rodada para presentarnos a los dos protagonistas. Por un lado, tenemos al afable, y simpático cura de la parroquia, Flynn, y por el otro a la directora del colegio de la parroquia, la estricta, malhumorada, desconfiada y amenazante hermana Beauvier.
Un día, la hermana James, interpretada por Amy Adams, cree ver cómo el padre Flynn guarda la camiseta de un alumno en la taquilla después de haberlo llamado a la sacristía: es el primer alumno negro de esta escuela católica, que también hace labores de sacristán. Al día siguiente, en clase, el padre Flynn lo vuelve a llamar, y el niño vuelve oliendo a alcohol y con un cariz triste y lloroso. Estas sospechas de la hermana James hacen que la hermana Beauvier comience una lucha encarnizada sobre desenmascarar unos hechos de los que no tiene ninguna duda: el padre ha abusado del alumno después de haberle dado alcohol.
Sin embargo, su certeza, como la hermana llama a la única prueba que tiene contra el padre, hará que se desate una guerra entre los dos, llenando de dudas cualquiera de las dos versiones que se dan sobre el mismo hecho.

Tanto Meryl Streep como Philip Seymour Hoffman están increíbles en sus papeles. La primera en su terquedad sobre “su verdad”, a la que nadie tiene acceso para cambiar, y el segundo en su libertad sobre cómo ver la Iglesia en los tiempos que corren. Meryl Streep se lleva la gloria al interpretar a esta monja obsesionada por la disciplina que comienza una guerra contra alguien que no le gusta por simplemente una anécdota explicada. La no confianza en el padre Flynn pone en duda el comportamiento ejemplar que lleva el padre en la comunidad.
Sin embargo, el padre Flynn, queriendo abrir la Iglesia a los fieles, abriendo la Iglesia hacia la modernidad, sin ser tan disciplinario como la directoria del colegio, lleva sobre sus hombros el peso de las dudas sobre su corrección.
El duelo actoral está servido. Esta lucha por turnos no nos explica en realidad la culpabilidad, sino cómo una sociedad con diferentes personas, cada una de ellas con su visión de la realidad, están llenos de prejuicios cuando algo que sucede no se ajusta a los gustos de cada uno.
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Autor: Ignacio el Lunes 30 Marzo, 2009

se ve muy interesante
pone en tapete un tema que
eventualmente es un tanto cuestionable a la iglesia Catolica…
espero poder verla pronto.