WALL·E (Wall-e): Wall-E, al infinito y más allá (o como Andrew Stanton revoluciona el cine de animación)


Pixar es una de las pocas productoras norteamericanas que son garantía absoluta de calidad. Cuando uno piensa que han llegado a un pico creativo, sea desde lo narrativo o desde lo técnico, se superan. Y Wall-E fue un claro ejemplo de ello. Sin haber visto aún la reciente Up, puedo afirmar que Wall-E está entre las mejores películas de Pixar, junto a Toy Story, Monsters Inc. y mi favorita personal (aunque tal vez igual de favorita que el robotito de ojos tiernos), Finding Nemo. Películas que sin duda, son susceptibles de ser disfrutadas por cualquier persona, de cualquier edad, y no sólo por infantes con mucho tiempo libre en vacaciones veraniegas.

En Wall-E la destreza narrativa alcanza en el primer acto del film el nivel de una obra maestra. Reminiscente de los mejores años del cine mudo, el film logra no aburrir a pesar de más de correr por más de media hora sin diálogo, apoyándose en la caracterización enteramente visual del personaje y una fotografía que toma varios elementos de dirección de fotografía de películas de acción real, como los fondos desenfocados, el flare (efecto característico de los lentes ante la presencia del sol) y los movimientos de cámara, por ejemplo. Se ha señalado que, dado que en Finding Nemo Pixar y Andrew Stanton lograron un asombroso desarrollo de la realización en CGI del agua, aquí apuntaron a lograr lo mismo en el aire y el espacio. Y desde la secuencia de apertura del film, intuimos que lo lograron, superando cualquier expectativa.

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En las secuencias iniciales conocemos a Wall-E, único sobreviviente de una camada de robots programada únicamente para recoger basura de una tierra declarada inhabitable. ¿Y sus habitantes? Ya habrá tiempo para eso. En principio, nos quedamos con Wall-E, un robot que despierta ternura a raudales, en especial por sus expresivos ojos, similares a binoculares. Y aunque se ha comentado bastante la similitud en la construcción iconográfica del robotito de Pixar con el robot Johnny 5 de la ochentosa Short Circuit, lo cierto es que hay más diferencias que similitudes. Aunque es cierto que ambos robots desarrollan emociones. ¿Y cómo es que Wall-E desarrolla las suyas? Luego de 700 años siguiendo su rutina, Wall-E ha tenido tiempo de sobra para desarrollar su particular curiosidad, y es así que tiene una suerte de casa/refugio donde guarda los “tesoros” que recupera a lo largo de sus tardes de compactar basura. A la noche descansa, dado que se alimenta de energía solar (y se enciende con el mismo sonido que una iMac).

También se dedica a contemplar con fascinación una arruinada pero visible cinta de Hello, Dolly!, donde observa con atención la forma en que los personajes se estrechan las manos, deseando así estrechar las suyas a alguien. Es así que llegamos a sentir en carne propia la soledad del personaje, dotando a toda esta secuencia de una sutil aura de tristeza y melancolía acentuada por una paleta de colores amarronados y oxidados.

Entra EVE y revoluciona el mundo de Wall-E. Ella es un robot que parece haber sido sacado de una cadena producción de Apple, con un diseño blanco y minimalista perfectamente moderno y aerodinámico. Wall-E por supuesto, se enamora de ella, añadiendo el factor romance a la ecuación. En realidad, la ciencia ficción funciona como género, pero los temás de la película lo trascienden. Hay más densidad narrativa y profundidad temática y emocional en este film que en cualquier otro film de la compañía, y para el caso, que en cualquier film de animación producido en décadas. Es fácil reducir la premisa a “el amor desafía la programación” o “el robot es más humano que los humanos”, sin embargo Wall-E condensa y resignifica estas temáticas, además de integrarlas en una serie de dispositivos visuales tan brillantes como técnicamente asombrosos.


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Autor: Victoria el Martes 19 Mayo, 2009