Henry Selick, maestro del stop motion, vuelve a las pantallas cinematográficas después de una prolongada ausencia con una adaptación de una novela fantástica de Neil Gaiman, autor entre cosas, del longevo comic de la línea Vertigo, Sandman. La novela en cuestión, Coraline, es una historia que mezcla elementos de fantasía con algo de terror que ha recibido varios premios desde su publicación.

Henry Selick, a pesar de que el chico ostra del cine fue el mayor artífice o autor de la idea original y el concepto, fue el director de Nightmare Before Christmas, y desde entonces, ha forjado una gran maestría narrativa en el fino arte del stop motion. En Coraline, Selick despliega toda la magia del stop motion, en combinación con algunos toques digitales, y el siempre sorprendente recurso del 3D. Recurso para nada arbitrario, ya que la “corporeidad” que adquieren las imágenes al ser procesadas por la tecnología 3D, establecen un contacto directo con el espectador, interpelándolo claramente e invitándolo a integrarse en la realidad fílmica. Así, el espectador puede encontrar su propia puerta secreta en la pantalla cinematográfica, y convertir el film en su propio mundo mágico, mitad fantástico, mitad horroroso, siempre prodigioso.
Coraline es una típica chica de película. Curiosa, inquieta, y con recelo del mundo adulto, que no parece prestarle atención. Eventualmente, la curiosidad de Coraline la lleva a descubrir una puerta cubierta con ladrillos que una vez abierta, le revela la existencia de una suerte de mundo paralelo, incluso con versiones alternativas (iguales, pero con botones en los ojos) de sus padres. Al principio, todo parece ir de maravillas en este nuevo mundo, donde los adultos parecen prestarle la atención merecida, e incluso hace su aparición un simpático gatito negro parlante. Sin embargo, Coraline descubrirá que las cosas son más oscuras que lo que parecen, y que a veces, es mejor que los deseos no se cumplan. Probablemente uno de los pocos films de animación que aprovecha el recurso del 3D para ponerlo al servicio de la narrativa, y no como mero artificio de espectáculo, Coraline es un gran ejemplo de gran habilidad técnica en conjunto con enorme talento artístico. Un film para no dejar pasar. Ni aunque quieran coserle a uno los ojos con botones.
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Autor: Ignacio el Miércoles 20 Mayo, 2009

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